martes, 19 de mayo de 2009

Entre las sombras

(Por: Manuel Berrocal)

Las luces de los escasos faroles que iluminaban la Plaza de San Pedro del Vaticano brillaban sin fuerza. La niebla impedía ver nada a más de unos metros de uno mismo. Entre la oscuridad Fausto creyó distinguir los faroles de la puerta principal. Debía entregar un informe recién llegado desde España sobre la presencia de un posible grupo que planeaba atentar contra su santidad.

Una fuerte racha de viento le dispersó el largo cabello dejando a la vista el tatuaje con forma de cruz que lucia sobre el parpado del ojo. Algo perturbaba aquel lugar sagrado, una presencia que esa bendita tierra rechazaba con fervor.

Su instinto le hizo girar hacia la izquierda y allí lo vio. Sobre uno de los muros que rodeaban la plaza, descansaba arrodillado sobre él mientras lo observaba en la penumbra, vestido con ropa negra y una gabardina del mismo color que ondeaba al viento nocturno. Las nubes se apartaron y la luna llena iluminó el rostro del desconocido, blanco como la nieve, con una melena plateada que era arrastrada con suavidad por el viento. La luna también iluminó las dos dagas que reposaban sobre sus manos…

Fausto no tuvo que mediar palabra. Aquel sin lugar a dudas era un enemigo de Dios que venía a asesinarlo, y como templario del Señor, acabaría con él si era preciso. Desenvainó la espada y la daga que ocultaba bajo su capa y se colocó en posición de combate.

Su contrincante saltó desde el edificio con una de sus armas por delante dispuesto a hundirla en la caída en el cuerpo de Fausto. Éste consiguió pararla en el último momento y la dureza del golpe le hizo retroceder varios metros, cuando volvió a centrar su atención en el desconocido, quien impune ante la gran caída, volvió a cargar de nuevo contra él. Cuando las armas se disponían a chocar de nuevo, el atacante saltó por encima de Fausto a la vez que lanzaba una cuchillada, a la cual Fausto consiguió responder.

Su oscuro rival cayó de espaldas a él. En ese momento Fausto aprovechó para lanzar su daga contra él, pero con una increíble agilidad éste la esquivó. Fausto no perdió el tiempo, armado con su espada y su fe, cargó contra aquel mísero asesino, quien había dejado una de sus dagas en el suelo y también cargó. El grito de ambos retumbó en la noche.

Piros avanzó hacia el cuerpo de aquel guerrero. Sin ningún miramiento recogió el sobre que éste llevaba y se dirigió hacia las sombras de la plaza, tendría que largarse de allí antes de que llegasen los guardias. Había sido arriesgado, pero nadie podía enterarse de la existencia de hermandad ni de sus planes. Se aferró el símbolo que lucía en su pecho, un antiguo símbolo celta, rezó y se alejó del lugar entre las sombras.

No hay comentarios:

Publicar un comentario